El cementerio de Ciriego está articulado en su parte central a través de esta cruz monumental, que organiza el espacio funerario con un entramado de calles y entrecalles que forman diversas manzanas, en cuyo interior, se delimita el terreno de cada propietario. En la memoria realizada por Pérez de la Riva razona el porqué de una planta cruciforme para Ciriego: “hoy ha empezado a utilizarse para estos establecimientos: nada más lógico en efecto y razonado que la disposición en planta del cementerio católico en forma de cruz, emblema de la redención cristiana, á cuyo amparo se colocan los enterramientos de aquellos que murieron en el seno de la religión católica, para que nos abra la madre tierra sus brazos, en esta última cruz, donde termina el calvario de la vida para recibirnos en su seno protector”.
La ejecución de esta cruz encuentra su origen en la decisión de la comisión de obras del cabildo municipal de ordenar al Sr. Arquitecto municipal formular «un proyecto para la erección de una cruz, que colocada en el centro del Cementerio de Ciriego, dé a aquella ciudad de los muertos el aspecto religioso que merece la memoria de los que en él yace». El autor de la misma, Lavín Casalís, señala que» la gradería, como el resto de la sillería, procederá de las canteras de Escobedo, sin que contenga pelos, coqueras ni otros defectos. La labra de paramentos exteriores, así en lo liso como en lo aplantillado y moldurado, ha de responder a una buena ejecución conservando las aristas con el mayor esmero. Los lechos y juntas han de ser cuajados y labrados a bujarda basta». Como curiosidad señalar que cada una de las piezas excedía de las 300 arrobas (3400 kg aprox.). Las obras se aprobaron en sesión del 28 de septiembre de 1894.
El basamento escalonado de grandes proporciones viene a rematarse con una gran cruz que surge de un bloque pétreo con sus cuatro caras labradas en piedra de Escobedo. Todo ello con pequeños detalles ornamentales en relieve, caso de las cartelas o las cruces incisas.