Se trata de la representación de un ángel en edad adulta que presenta un gesto de recogimiento, inclinando la cabeza hacia el suelo, lugar donde se localizan los enterramientos. La figura porta, en su mano izquierda, una corona de rosas, dispuesta a ser lanzada a las sepulturas, y, en la derecha, una llama invertida, simbolizando la muerte. Realizada para ser vista desde cualquier punto, esta escultura de bulto redondo fue producida a través de molde por marmolistas de la zona, de ahí el número 236 localizado en la parte trasera del pedestal.
Los ángeles dentro de la iconografía funeraria adquieren un valor fundamental en los cementerios contemporáneos , ya que, a través de estas representaciones figurativas se busca la aproximación al sentido de lo eterno, opuesto al propio hecho natural de «descomposición» señalado por Didier Urbain. Las figuras angélicas que desde sus inicios iconográficos poseían una función de anunciar los buenos augurios divinos, en este contexto adquieren un significado de fe ante la resurrección. La presencia angelical indica el triunfo de la muerte y el encuentro con la nueva vida prometida. El modelo aquí descrito de figura situada frente al sepulcro derramando flores sobre el enterramiento en actitud elogiosa hacia los muertos, responde a un patrón sumamente extendido en los camposantos, pues evoca la fiesta romana de la Rosalía celebrada entre mayo y junio, donde se lanzaban rosas sobre las tumbas de los difuntos.