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UN JARDÍN JUNTO AL MAR

Panteón de la familia Casanueva

El propietario Javier Casanueva narró en el año 2010 cómo fue el proceso de ejecución de este panteón: «En 1975 llevaba ya casi 20 años dirigiendo una empresa de embalajes en La Albericia y me sentía con fuerzas para llevar adelante mi propósito. Acompañado de Julio de Pablo, pintor del que era muy amigo conocí en Santillana del Mar al escultor Jesús Otero, que vivía con su hermana Magdalena en una buena casa de la villa, en Cantón nº 4. En la parte trasera de dicha casa tenía un espacioso taller, poblado de perros y gatos, donde trabajaba. Creo que hubo sintonía entre nosotros y estuvimos charlando largo rato mientras yo contemplaba complacido las obras que tenía por el suelo, unas terminadas y otras empezadas, junto a grandes dibujos al carbón. En un rincón y apoyado en la pared vi un Cristo en relieve, con la cabeza inclinada hacia un lado, que me atrajo muchísimo. Le pregunté por él y me contestó que era un boceto del Cristo que había hecho para la iglesia de la Albericia. Al contarle el proyecto «in mente» para construir un panteón en Ciriego y cómo aquella cabeza me parecía muy indicada para encastrarla en la fachada principal, noté que no le desagradaba la idea, aún cuando Jesús tardaba en responder y pensaba mucho antes de hacerlo. Después seguimos hablando del tema y, claro, lo que resultaba casi imprescindible era que la piedra que fuese a rodear al cristo, armonizara con él, es decir, que lo mejor era que fuese de esa misma clase de piedra: la cálida piedra arenisca de Santillana.  Así las cosas, fue el propio Jesús quién me sugirió el nombre de un colaborador suyo en el desbaste de las piedras, al que quizá pudiera interesar el trabajo. Se trataba de Celestino Bustio Villar, un maestro cantero de Torrelavega, con el que me entendí muy bien. A los pocos días firmamos el contrato y, sin ninguna prisa por parte de nadie, quedó en avisarme cuando tuviera todo el material preparada. En 1978 se terminó el panteón, con el Cristo de Jesús Otero en una hornacina central, dispuesto sobre el primer verso de «El viaje definitivo» de Juan Ramón Jiménez.». Ese primer verso del poema incluido en el libro Poemas agrestes dice así: «Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando»

 

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