El arquitecto municipal, Casimiro Pérez de la Riva, opta por una planta cruciforme en la disposición general del cementerio ya que simboliza el emblema de la redención cristiana, se presta muy bien a la distribución de los diversos ámbitos que compondrían el cementerio y estaría preparada para futuras ampliaciones mediante la prolongación de sus brazos. El proyecto es completado con un cementerio civil, edificios civiles utilizados como viviendas del conserje, párroco y sepultureros, y una capilla actualmente desaparecida, que estuvo situada donde hoy encontramos la actual. Los edificios destinados a viviendas, antiguamente con acceso desde el exterior del recinto, hoy están dedicados a administración, almacén, vestuario y servicios.
Los problemas ocasionados por el lugar escogido para la construcción de esta necrópolis provocan la destitución del mismo Casimiro. Eran problemas cotidianos tales como a inundación de criptas o la imposibilidad de abrirlas por la dureza de la roca… Todo ello propicia la modificación del plano original aprobado, finalmente, en 1893, tras la supervisión del arquitecto interino Joaquín Sierra. El proyecto se completa, ese mismo año, con una cruz monumental obra del nuevo arquitecto municipal Valentín Ramón Lavín Casalís.