Aquí yace “el único recitador que queda en pie, no solamente en España, sino en Europa”. Pío Muriedas, nombre artístico de Pío Fernández Cueto, fue un actor y, sobre todo, recitador que dedicó su vida a difundir la poesía española, desde los clásicos del Siglo de Oro hasta autores contemporáneos como Federico García Lorca o Antonio Machado.
Nacido en Bilbao en 1903, desde niño mostró interés por las artes escénicas, influido por su padre, quien era portero de teatro. Sus inicios comienzan como ayudante tramoyista en el Teatro Pereda de Santander. Su primera actuación tuvo lugar en Maliaño en 1919, y en 1921 ingresó en la compañía de Margarita Xirgu, con la que viajó por América y dónde tuvo mayor éxito. En España, durante 1924 recorrió muchos de los centros culturales del país dando recitales y entablando relación con los miembros de la Generación del 27, consolidándose como “el más conectado con la vanguardia de los de su tiempo”.
En 1936 fue sorprendido por el golpe franquista en Llanes (Asturias), y a lo largo de la Guerra Civil desarrolló una intensa labor como recitador de poemas revolucionarios al servicio de la República junto con otros escritores y artistas de Cantabria, llegando a participar en frentes repartidos por el territorio: Reinosa, Lemona, Zaragoza o Barcelona. En Santander fue secretario general de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios.
Tras la derrota republicana, Pío Muriedas se exilia a Francia y es confinado en un campo de concentración. A su regreso a España se le condena a muerte, aunque finalmente solo cumple tres años en la cárcel de Oviedo. Durante la posguerra apenas sobrevivió en Bilbao con la ayuda de otros artistas como Agustín Ibarrola, Blas de Otero o Chillida, así como se le obligó a abandonar su nombre artístico. Allí será donde conozca a su mujer, María Luisa Gochi Mendizábal (1919-1972), con quien tuvo dos hijos y con la que vivió “una borrachera de amor permanente”, en palabras del propio orador. No obstante, retomó su actividad como recitador, además de pintar y escribir poemas ocasionalmente.
A lo largo de su vida ofreció más de 5.000 recitales de poesía. Su personalidad insólita fue ensalzada por numerosos poetas tales como Pío Baroja, Pablo Neruda, Ramón del Valle-Inclán… este último lo describió como “recitante de capa, daga, camino y mesón”.
En reconocimiento a su trabajo, en 1982 se le dedicó una farola ubicada en la Alameda de Oviedo de Santander, en cuya inscripción puede leerse un poema de su amigo Vicente Aleixandre (1898-1984): “OH VOZ DE LAS VOCES/ SOBRE EL HAZ DE/ ESPAÑA”.
Murió en Santander – ciudad que consideraba su ciudad de nacimiento – el 8 de diciembre de 1992, a los 89 años, siendo enterrado en el cementerio de Ciriego junto al amor de su vida. En su lápida se pueden leer bajo el nombre de ambos dos epitafios, el primero que alude a su reencuentro póstumo (“Se volvieron a encontrar en la alegría de la muerte”); y el segundo con una cita de Macbeth, obra teatral de W. Shakespeare: “La vida es un cuento narrado por un idiota con grandes alardes y sin sentido alguno”.