Este monumento, construido en piedra, destaca por la fachada principal, la cual refleja el proyecto original del arquitecto. Por otro lado, la verticalidad de la construcción, además de ser un recurso arquitectónico, simboliza la cercanía de los difuntos con el Más Allá. La obra es un claro ejemplo del estilo arquitectónico que predominaba en el arte funerario de la época, el Eclecticismo, dada la versatilidad de sus programas decorativos y el éxito que tuvo entre la clientela enriquecida que llegaba de las Américas.
A pesar de la sobriedad de los muros, la iconografía funeraria es abundante y está cargada de simbolismo, como pueden ser las semillas de amapola (símbolo del sueño eterno), junto a la puerta de acceso; las coronas vegetales con lazos, el reloj de arena en alusión al Tempus Fugit, los paños en representación del Santo Sudario, el ancla como símbolo de esperanza y firmeza de la Fe, o las garras de león (aferramiento a la vida). Imágenes más macabras son las de la calavera con las tibias cruzadas o la guadaña como segadora de la vida. Junto a ellos, otras representaciones habituales y que completan el repertorio simbólico son las antorchas llameantes, los búhos, las urnas o las columnas fragmentadas.
Uno de los detalles más llamativos, con función ornamental, se encuentra en la parte superior: un arco de herradura sobre el que se alza una cruz florenzada. El conjunto se remata con una bola (símbolo del universo) sobre la que se sustenta una urna y de la que sobresale un paño, una representación muy habitual que prefigura el ascenso del alma al cielo. En definitiva, el conjunto cumple la función glorificante hacia el fallecido, cuyos méritos van a facilitar el tránsito hacia el mundo de los muertos.
La puerta de acceso, fabricada en hierro, horadada con motivos vegetales entrelazados y con remaches a modo de decoración, es una de las piezas más valiosas del conjunto y uno de los mejores ejemplos que se encuentran en el cementerio de Ciriego, y a su vez representativo del trabajo de metalistería en las obras funerarias de la época. En cuanto al cierre exterior, hoy en día más sencillo que el proyecto inicial, servía tanto para delimitar la parcela como para dar una mayor dignidad al monumento.
El autor, Valentín Ramón Lavín Casalís (1863-1939), fue arquitecto municipal de Santander, su ciudad natal. Fue el encargado de realizar numerosos trabajos existentes en el cementerio de Ciriego, ya que las familias eran proclives a encargar la construcción de sus panteones a los arquitectos que también proyectaban sus casas. Entre las obras que hizo Casalís se encuentran: el monumento a las víctimas del Cabo Machichaco, el Parque de Bomberos Municipal, el Hotel Roma o la torre de la Iglesia de los PP. Jesuitas.
El promotor del panteón, Manuel Cue Fernández (1834-1899), fue un indiano natural de La Arquera (Llanes) que hizo fortuna en La Habana (Cuba) como mercader. En 1874 se traslada a Santander para contraer matrimonio con María Gertrudis de Abarca Junco, fijando allí su residencia y abriendo un establecimiento comercial. En vida siempre estuvo comprometido con modernizar su ciudad natal e incluso, a su muerte y por petición de su viuda se fundó allí una escuela en cuya construcción trabajó el propio Casalís.